viernes, 16 de marzo de 2012

Estanque a lo lejos.


            A lo lejos,  en el cantar de la eternidad se oye  viniendo un zumbido tormentoso bajando de la oscuridad, una indeleble voz vestida de plata con  un cepillo de madera refiriéndose a un tronco que daba vueltas sin parar, espantando su sombra circular.

     La lunilla albina siempre cepillaba sus canas, otras veces del celaje como columpio se guindaba. Le gustaba alimentarse del sosiego de la noche, los pájaros parecían tan callados, solo estaban en su nidal acurrucados. Había un sonido que a ella siempre lograba impacientar, nunca lograba ubicarlo, como si de un fantasma se tratase. Se divertía cuando una serpiente se enrollaba en el cuello de una liebre. Todo era perfecto y memorable, las luciérnagas alumbraban como faros, espumantes remolinos dejaban los cisnes al nadar  - ¡Qué traje tan fenomenal se pone la naturaleza! – Refiriéndose así a la noche resguardando la pradera, aunque las luces se apagasen todo seguía brillando. Los arboles no eran la excepción en la belleza de aquel paisaje, todos con un sublime ordenamiento alborotado, en filas, columnas, círculos ¡Geometría en todos lados! Ella conocía su bosque de arriba abajo, siempre había sido su favorito en todos los siglos que llevaba de astro. Como todos en la vida, nunca vemos más allá de lo que está a simple vista, Lunilla no era la excepción. 
     
     Esta era una noche tormentosa, las nubes que estaban a sus pies tapaban por completo el espectacular bosque, desde su alto taburete escuchaba como los truenos penetraban el viento, el sonido anclaba temblores, como si del fin del mundo se hablase. Al pasar de las horas Lunilla se saco las estrellas que se había introducido en los oídos para evitar el sonido, Lunilla tiene unos sensibles sentidos, ya se había despejado su vista - ¡Pero por Dios, se ha derrumbado! – Para deshonra de todos, se trataba nada más y nada menos que del árbol más viejo y grande de todo el lugar, él les daba sombra en el día, evadía de alguna forma los poderosos rayos del sol, y los hacía más sutiles y agradables. Qué pena, qué tristeza. La noche no terminó en la caída del pobre, más sorpresas sucumbieron en el área, justo detrás de ese tronco, justo detrás de su lomo había algo que no parecía encajar, algo que no había visto y algo que podría responder sus preguntas de donde provenía aquel extraño sonido que siempre la lograba extasiar. Había pasado por desapercibido lo que podría llamarse el centro de atención del bosque ¿Cómo habría dejado pasar por alto tan grande espacio? ¿Dónde vigilaba mi espalda al menguar?  Me perdí  en la inmensidad de los árboles, no te había visto, tragaste hasta el néctar del pasto. Las estrellas se miraron sin parar en el espejo de la eternidad, las hojas secas navegantes se ocultaban en la orilla con cada suspirar. La dulce brisa que se brindan los arbustos velaba un edén sin estrenar. ¿Recibirás mi firmamento en cambio de tu espejo? Y allí estaba una enorme laguna, se extendía por todo el área, charcos, cascadas, deleitable agua que salpicaba sus rocas desnudando al árbol tropezado bajo ellas.  ¡Era un paraíso!

     Una cascada hacía juego con el lugar. Unos castores habían construido su hogar ya en la extremidad, el agua era cristalina como una lágrima cóncava, había rocas de todos tamaños y colores, unas grandes como montañas, otras como grumos de plastilina. Al parecer era la principal fuente de vida en el bosque, allí se reunían todos para tomar un sorbo de agua, una gota de vida. Habían también pecesillos de distintos colores; dorados, azules, verdes, rojos y otros que los poseían todos, asomados en conjunto, viendo la superficie. Lunilla no era la única impactada, todos los animales habían vivido las noches con una oscuridad más negra que la normal, el árbol que acababa de derrumbarse hacía sombra en todo el lugar. Así que parecía un milagro estar iluminados, todos encandilados se quedaron viendo hacía el cielo. Lunilla se froto los ojos que al parecer duraron mucho tiempo enmudecidos, toda su vida se había dedicado solo a aquel espacio, a admirarlo y criticar ¿Es posible que lo más hermoso se lo haya perdido? Sí, así lo hizo hasta esa noche. Miraba el bosque como un lugar bonito pero normal, y esa noche hizo mejorar más sus pensamientos al bosque, a cuestionarse de su buen ojo, sin notar la verdadera belleza que estaba oculta por un envidioso pedazo de tronco que amortiguaba el calor de día y congelaba la noche. Tristes ojos inocuos, que solo valoran al ver la flor y no desde el día que se planto la semilla.


Gracias por sumergirte en este gran estanque conmigo querido @Diegodevoz.

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