A lo lejos, en el
cantar de la eternidad se oye viniendo
un zumbido tormentoso bajando de la oscuridad, una indeleble voz vestida de
plata con un cepillo de madera
refiriéndose a un tronco que daba vueltas sin parar, espantando su sombra
circular.
La lunilla albina siempre cepillaba sus canas, otras veces
del celaje como columpio se guindaba. Le gustaba alimentarse del sosiego de la
noche, los pájaros parecían tan callados, solo estaban en su nidal acurrucados.
Había un sonido que a ella siempre lograba impacientar, nunca lograba ubicarlo,
como si de un fantasma se tratase. Se divertía cuando una serpiente se
enrollaba en el cuello de una liebre. Todo era perfecto y memorable, las
luciérnagas alumbraban como faros, espumantes remolinos dejaban los cisnes al
nadar - ¡Qué traje tan fenomenal se pone
la naturaleza! – Refiriéndose así a la noche resguardando la pradera, aunque
las luces se apagasen todo seguía brillando. Los arboles no eran la excepción
en la belleza de aquel paisaje, todos con un sublime ordenamiento alborotado,
en filas, columnas, círculos ¡Geometría en todos lados! Ella conocía su bosque
de arriba abajo, siempre había sido su favorito en todos los siglos que llevaba de astro. Como todos en la vida, nunca vemos más allá de lo que está a simple
vista, Lunilla no era la excepción.
Esta era una noche tormentosa, las nubes que
estaban a sus pies tapaban por completo el espectacular bosque, desde su alto
taburete escuchaba como los truenos penetraban el viento, el sonido anclaba
temblores, como si del fin del mundo se hablase. Al pasar de las horas Lunilla
se saco las estrellas que se había introducido en los oídos para evitar el
sonido, Lunilla tiene unos sensibles sentidos, ya se había despejado su vista -
¡Pero por Dios, se ha derrumbado! – Para deshonra de todos, se trataba nada más
y nada menos que del árbol más viejo y grande de todo el lugar, él les daba
sombra en el día, evadía de alguna forma los poderosos rayos del sol, y los
hacía más sutiles y agradables. Qué pena, qué tristeza. La noche no terminó en
la caída del pobre, más sorpresas sucumbieron en el área, justo detrás de ese
tronco, justo detrás de su lomo había algo que no parecía encajar, algo que no
había visto y algo que podría responder sus preguntas de donde provenía aquel
extraño sonido que siempre la lograba extasiar. Había pasado por desapercibido
lo que podría llamarse el centro de atención del bosque ¿Cómo habría dejado
pasar por alto tan grande espacio? ¿Dónde vigilaba mi espalda al menguar? Me perdí
en la inmensidad de los árboles, no te había visto, tragaste hasta el
néctar del pasto. Las estrellas se miraron sin parar en el espejo de la
eternidad, las hojas secas navegantes se ocultaban en la orilla con cada
suspirar. La dulce brisa que se brindan los arbustos velaba un edén sin
estrenar. ¿Recibirás mi firmamento en cambio de tu espejo? Y allí estaba una
enorme laguna, se extendía por todo el área, charcos, cascadas, deleitable agua que salpicaba sus rocas desnudando al árbol tropezado bajo ellas. ¡Era un paraíso!
Una cascada hacía juego con el lugar. Unos castores habían
construido su hogar ya en la extremidad, el agua era cristalina como una
lágrima cóncava, había rocas de todos tamaños y colores, unas grandes como
montañas, otras como grumos de plastilina. Al parecer era la principal fuente
de vida en el bosque, allí se reunían todos para tomar un sorbo de agua, una
gota de vida. Habían también pecesillos de distintos colores; dorados, azules, verdes, rojos y otros
que los poseían todos, asomados en conjunto, viendo la superficie. Lunilla no
era la única impactada, todos los animales habían vivido las noches con una
oscuridad más negra que la normal, el árbol que acababa de derrumbarse hacía
sombra en todo el lugar. Así que parecía un milagro estar iluminados, todos
encandilados se quedaron viendo hacía el cielo. Lunilla se froto los ojos que
al parecer duraron mucho tiempo enmudecidos, toda su vida se había dedicado
solo a aquel espacio, a admirarlo y criticar ¿Es posible que lo más hermoso se
lo haya perdido? Sí, así lo hizo hasta esa noche. Miraba el bosque como un
lugar bonito pero normal, y esa noche hizo mejorar más sus pensamientos al
bosque, a cuestionarse de su buen ojo, sin notar la verdadera belleza que
estaba oculta por un envidioso pedazo de tronco que amortiguaba el calor de día
y congelaba la noche. Tristes ojos inocuos, que solo valoran al ver la flor y
no desde el día que se planto la semilla.
Gracias por sumergirte en este gran estanque conmigo querido @Diegodevoz.

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